Como mi familia estaba apretada de dinero, yo no tenía los juguetes buenos de mis amigos Carlos y Fede. Por eso me aburría mucho en casa, donde mi madre me perseguía con las cartillas de cuentas o de escritura, si no me mandaba a hacer algún recado. A mi lo que mas me gustaba era jugar en la calle con mis amigos a las chapas o a polisyladrones y cuando había chicas a tulallevas.
Lo mas importante que recuerdo fue la visita de mi tío Sebastian, que era viajante de joyería y por tanto el rico de la familia. Además era muy simpático y generoso, quizás porque era gordo y andaluz.Como yo ya había aprendido a leer, mi tío Sebastian me regalo un libro muy ,pero que muy, gordo. Yo hubiera preferido unas botas de fútbol con tacos y puntera reforzada como las de Fede o un mecano como el de Carlos para hacer grúas y camiones, aunque tuviera menos piezas. Pero como decía mi abuela a-caballo-regalado-no-le-mires-los-dientes. Aunque en este caso no era un caballo,¡ que más quisiera yo!, sino un libro y en lugar de faltarle dientes le sobraban muchisssimas hojas.
Lo peor vino después con el libro. Mi madre me impuso un castigo para dejarme salir a jugar a la calle cada día. Tenia que leerle en voz alta al menos tres paginas de aquel librote gordisimo. Se trataba de un naufrago, un tal Robinson y un salvaje Viernes en una isla solitaria. Asi que por obligación me fui metiendo en las aventuras de aquella pareja.
La sorpresa fue para mi madre cuando, poco a poco, empecé a no pedirle irme a la calle al llegar al fin de mi dosis diaria de tres paginas. La verdad es que, además de la calle con mis amigos Carlos y Fede, yo fui descubriendo una isla maravillosa con otros dos amigos Robinson y Viernes con los que me lo pasaba muy bien.
El día en que termine de leer mi primer libro, tome una decisión. Iba a ahorrar de mi escasa paga semanal. Tendría que renunciar a acabar la colección de cromos o al chicle bazoka americano o al programa doble de pelis algún jueves o a lo que fuera. Tome una decisión firme de ahorrar.
Y así, con muchísimos sacrificios, llego por fin el día en que con mis ahorros compre por fin mi primer libro, bueno en realidad el segundo. Pero, bueno, esa es otra historia.