sábado, 6 de marzo de 2010

VIAJANDO A CIEGAS CON EL OIDO

Gracias a mi chache llevo ya medio siglo navegando por un universo maravilloso donde no existe ni el espacio ni el tiempo. Todo se inició en la primavera de 1961, un domingo por la mañana en la sala del Monumental en Madrid. Mi hermano mayor, mi chache, me llevó a un espectáculo en el que me explicó que no veríamos ni una película ni una obra de teatro, ni siquiera tendría argumento. En el escenario había un ejército de señores emperifollados, portando un sinnúmero de raros instrumentos, dispuestos a seguir las órdenes de una persona de pie en una peana.


Me aconsejó que cerrara los ojos y con la mente en blanco, me dejara llevar por mis sensaciones. Así empezó mi despegue a oscuras para un viaje iniciático, con mi mente hueca y mi sentir abierto. De improviso me noté ingrávido, sin cuerpo, volando libre como un pájaro. Después me enteré que eran los violines los que me impulsaban a subir, planear, bajar, volver a subir, sin ningún esfuerzo , sin ninguna restricción , por un universo nuevo sin límites.

Y de pronto me noté sumergido en un abismo profundo, como un agujero negro, donde experimenté un torbellino de sensaciones agridulces. Pasaba de la soledad a la depresión más triste, de la esperanza a una alegría desbordante. Eran sensaciones entrelazadas en aquel viaje a oscuras, sensaciones que me penetraban hasta el tuétano de mis entrañas.

No sé si pasó un minuto, una hora, un día, yo había perdido la noción del tiempo y tampoco sabía en qué espacio vagaba. Ahora podía ser como Alicia, tras pasar el cristal, entrando en un universo mejor, donde me sentía liberado, sin fronteras de tiempo ni de espacio.

He seguido a lo largo de mi vida buscando momentos para mis viajes iniciáticos por ese universo, sumergiéndome en las maravillas producidas por las cuerdas, los contrastes de las maderas, la energía de los metales, el refuerzo de la percusión. Ahora, medio siglo después, la física cuántica nos explica que nuestro cuerpo es energía, átomos, frecuencias, ondas, en un universo sin espacio ni tiempo. Eso nos aclara por qué es tan lógico que recibamos, interpretemos, sintonicemos, con las ondas y frecuencias armónicas producidas por instrumentos occidentales o por cuencos tibetanos o por bongos africanos. Da igual con qué. Solo somos energía, células que se comunican entre sí transformando energía.

Los descubrimientos de la física cuántica insisten machaconamente que el universo real es solo energía. Este mundo, el que vemos con objetos, el que sentimos con nuestros cuerpos físicos, es una ficción fantasmagórica, elaborada por los filtros de nuestros sentidos, es una elaboración virtual con los códigos de comunicación de nuestra mente.



Me siento feliz en mis viajes iniciáticos por este universo, que no mide el tiempo porque es eterno y donde no cuenta el espacio porque es infinito. Este universo es con certeza el Paraíso prometido, al que solo se puede acceder de forma permanente en un viaje sin retorno. Un viaje que requiere despojarnos de nuestro pellejo corporal, liberarnos de este traje de neopreno que esconde nuestra energía pura, energía que ni se crea ni se destruye, que solo se transforma. Un viaje al disfrute eterno que llamamos muerte, cuando realmente es liberación y vida.

Entretanto llega ese tránsito definitivo, que espero con templanza, seguiré con mis viajes iniciáticos, navegando ingrávido por el universo sin límites de ondas y frecuencias, con el solo objetivo de disfrutar el placer del arte más sublime e inmaterial que existe.

Para esa navegación hay que entrar, como Alicia atraviesa el espejo, con una clave, con un password: el oído, con la mente en blanco.

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