Habíamos alcanzado la plenitud. O eso creíamos, amor. Años de esfuerzo, asumidos con la ilusión de un buen futuro. Por fin, nos habíamos posicionado. Nuestros tres hijos encauzados en sus estudios y trabajos. Nuestra economía suficientemente holgada. Autocomplacencia mutua con los éxitos profesionales logrados. Vivíamos la tranquilidad de los guerreros que ya han ganado suficientes batallas.
Y de pronto la noticia. Increíble. Perturbadora. Con tus más de cuarenta años, estabas embarazada de nuevo. Inaudito. Desconcertante. Nos hundíamos en una sima inesperada, donde ya no habría libertad, ni viajes, ni la comodidad bien ganada. Para mi volver a empezar me cogía ya en la cincuentena.¡ Vaya marrón que nos había caído ¡.
La pesadumbre de aquellos primeros días, se trastocó en una expectativa desconocida cuando vi parpadear un lucero en tu vientre. En los embarazos anteriores no se hacían ecografías. Ahora la tecnología permitía explorar tus entrañas. Me quedé pasmado cuando un puntito me saludó, brillando, latiendo en tu regazo. Era el fruto de nuestro amor maduro, que venía a transformarnos, a quebrar los acomodos, rutinas, egoísmos. De repente aquel lucerito iluminó mi ser y multiplicó por mil mi amor por ti.
La gestación no te fue ni fácil ni cómoda. Pero tu paciencia, cuidados y sacrificio dieron su fruto. Una muñequita preciosa, sietemesina, que no llegaba a los dos kilos de peso. Era como un niño Jesús de porcelana, que nos traía una nueva vida, un punto de inflexión para toda la familia. Esa muñeca fue creciendo rodeada del embeleso de sus hermanos, de la inexperiencia de padres novatos en biberones asépticos, pañales de un solo uso y potitos multivitaminados.
Para mí, que ya había llegado a la cúspide de mi carrera y estaba de vuelta de tantas cosas, empezaba una nueva existencia. Lo que no había hecho antes con nuestros hijos, por darle prioridad al trabajo, constituía ahora una dedicación deliciosamente esencial. Ir al colegio a recoger las notas, hablar con los profesores, viajar por el mundo con ojos de niña, oír los conciertos del coro colegial… Descubrir tantas cosas simples y bellas que me había perdido en mi vida anterior.
Gracias por haber gestado este ser. Gracias por este regalo tardío. Gracias por esta segunda oportunidad para tener nuevas ilusiones, nuevos descubrimientos.
Según el Registro Civil solo tengo una vida, pero te aseguro que ésta es la carta de un reencarnado.
SOMOS ESCRITORES, SOMOS AMIGOS
Hace 15 años
Me ha encantado!
ResponderEliminarTeresa